"El amor es el sendero, la esperanza y el impulso... la fe, mi voluntad".

Zhely Alceda... ♥

De trata y... algo más.


Era un día caluroso, de esos se cuelan de vez en cuando en la temporada para demostrar que el sol aún existe. Ese día tocaba puente así que no hubo trabajo, era viernes. Tenía el día libre para escribir cuanto quisiese pero la inspiración al parecer también había tomado sus maletas decidiendo ir de viaje a la playa. Todo cuanto escribía me parecía barroco, absurdo o plano; no tenía caso seguir insistiendo en algo que parecía un imposible en ese momento así que apagué el monitor, tomé mi bolso y decidí ir a dar una vuelta, tomar un poco de oxígeno.

No había nube que amenazara con terminar ese día esplendoroso y asoleado, la ciudad estaba en calma, la gran mayoría había decidido tomar las vacaciones lejos de su molesta monotonía de un trabajo o un hogar, los pocos que no tenían el recurso para hacerlo decidieron conocer más íntimamente su cama sin salir de ella y algunos pocos no tuvieron más remedio que seguir con su vida igual, con un extra en la nómina por el servicio plus obligatorio.

Caminé tres cuadras hasta llegar al terreno baldío que pasaba como fantasma de un parque, ya nadie jugaba en aquel desolado lugar, el pasto seco, la tierra seca, todo muerto; mi lugar preferido para meditar. Me senté en el columpio y mecí mis ideas intentando hacer un licuado con ellas, algo que interesara no solo escribir, sino también leer.

Sobre la pared, recargada estaba un bulto llorando, el sonido me sacó de mi viaje personal. Al acercarme vi que se trataba de una mujer, era de piel oscura, probablemente venía de Cuba o algún país por el estilo. Ella seguía llorando, no había notado la cercanía en la que me encontraba, quería irme y dejarla con su sufrimiento pero ver aquella lágrima roja hizo que mi corazón diera un brinco sobre ella.

—¿Te encuentras bien? —pregunté con verdadero interés, ella se escondió haciéndose más pequeña y redonda todavía—. Tal vez pueda ayudar en algo.

Ella pareció confiar en mi voz, al voltear su rostro el asco me hizo retroceder unos pasos. Su cara estaba casi desfigurada, estaba entre morada, rozada, costrosa, uno de los ojos hinchado mientras el otro estaba pintado de sangre llegando a ser en el centro tan oscuro que hasta lo negro de su piel huyo.

—¡Por Dios! ¿Quién te ha hecho esto? —parecía increíble que hubiera sobrevivido a semejante golpiza, tenía que haber sido una golpiza. ¿La habrían querido asaltar, violar, secuestrar? Mi mente era perfecto hogar de la confusión.

—Por favor, ayúdame, por favor —tampoco podía hablar, su voz era ronca y diminuta.
—Ven, te llevaré a un hospital.
—¡No!, por favor ayúdame.

Sacó un objeto pesado, yo no entendí lo que me pedía; yo creo que mi rostro le preguntó lo que los labios no quisieron decir en voz alta, ella me pidió que me acercara y así lo hice, a mi oído soplo su voluntad. Claro que no accedí, cómo iba a hacer semejante cosa, ella suplicó, quería que la acompañara. Quise alejarme, irme corriendo y olvidar que me había topado con ella, pero sabía que eso no me era posible, la conciencia tarde que temprano tomaría el tren para alcanzarme y hacerme pedazos.

—Voy contigo —le dije después de pensarlo por lo menos un segundo más—, eso no quiere decir que haya accedido.
Al levantarse noté que su pie colgaba como péndulo sujetado solamente por el tobillo hueco y roto. ¿Estás segura de que no quieres ir a un hospital?, pregunté pero su negativa con la cabeza me hizo entender que sería en vano intentar convencerla. Empezamos a caminar, los pasos eran lentos, nunca la vi quejarse ni hacer gruñido por el dolor que de seguro sentía.

—¿Cómo puedes soportar el dolor?
—Hay dolores que duelen más —contestó con desgana escupiendo un charco de saliva con sangre.
—¿A qué te refieres? —estaba curiosa, no sabía a quien tenía junto a mí y eso llama al morbo a que siguiera preguntando cosas que yo sabía que no era de mi incumbencia.
—¿A qué te dedicas?
—Soy escritora —no quería hablar de ella, era de esperarse.
—Valla, qué suerte la mía. ¿Por qué serlo?
—¿Por qué no? —me puse un poco a la defensiva, ¿acaso iba a juzgar mi elección aún cuando ella se caía en pedazos por el rostro?
—Lo lamento, es solo que no cualquiera diría eso en voz alta, al menos no en mi pueblo.
—¿De dónde eres?
—Kenya.
—Mmmm, la verdad no sé donde queda.
—Es un país en el África, al este para ser más exactos.
—Estás muy lejos de casa, ¿qué te trae por aquí?
—Mi sueño.

Nos detuvimos, ella vomitaba una revoltura de mil colores, sabores y olores, tuve que voltearme para no hacerle segunda voz en ese canto directo de la boca del estómago. Terminó y se limpió con su mano, al parecer ya le había pasado antes pues había pintura carmesí en su cuerpo, parecía un grotesco disfraz para la noche de brujas. Continuamos nuestro camino hasta llegar a una calle sin salida. Abrió una puerta y entramos a unas oficinas abandonadas. Colgaba el techo en algunas habitaciones, los cables eléctricos hacían chispas al rozar con el metal, los vidrios estaban quebrados en su gran mayoría, escritorios rotos y cortados en un rompecabezas imposibles de unir, papeles tirados por cualquier lado…; bueno creo que pueden tener la idea del lugar. En ese momento me entró el pánico, pensé que había caído en una trampa, tal vez trata de mujeres. Comencé a temblar desde que la sola idea cruzara por mi cabeza, aún tenía tiempo para correr y ponerme a salvo.

—No te haré daño, apenas si puedo con mi cuerpo —Definitivamente mis ojos delataban cada emoción que pasaba por mis venas. La observé detenidamente, ella realmente estaba mal. Se recostó sobre unos cartones viejos que figuraban una cama, me puse frente a ella esperando a que dijera algo más. No me quedó de otra, tuve que preguntar.
—¿Cuál sueño?
—Nosotros somos famosos por ser buenos corredores, ¿has escuchado algún chiste sobre nuestra raza? —dije que no, era mentira—, bueno pues algunos son divertidos, como por ejemplo el de la carne, “para entrenar les amarran en una rama por delante comida y entonces ellos van tras ella, sin nunca alcanzarla”, o este otro, “ponen a leones para perseguirlos, o corren o se los comen”.
—Bueno, mi país no ha sido muy lindo que digamos.
—Solo son chistes, dan igual. Yo era de las mejores en la escuela —sí, allá también tenemos estudios pese a lo que se cree—, de las más rápidas. Mi sueño siempre fue llegar a las olimpiadas. Un día llegaron unos señores, venían de la legendaria América, para hacernos audiciones, querían seleccionarnos y hacernos parte de su equipo. Yo fui una de las elegidas.
“Después de toda la documentación que tuvimos que hacer, visas, pasaportes, contratos, llegamos a México, a todas nos instalaron en una misma casa, dos por habitación.
“No puedo negar que la comida era estupenda. Nos trataron siempre como reinas al menos antes de que los entrenamientos comenzaran. Yo me tomé el asunto muy enserio así que no me importaron que nos levantaran por la madrugada después de haber dormido no más de cuatro o cinco horas, durante el día era gimnasio, pesas, atletismo y acondicionamiento. Así fue durante dos meses, hasta que ellos determinaban que ya podías entrar en las competencias.
“Carrera tras carrera quedábamos en los primeros lugares llevándonos el premio económico, había semanas en que tenía nueve carreras, pero valía la pena. Después de dos años exigí que me dieran mi parte, o que por lo menos me dejaran dar el siguiente paso; nos prohibían hablar con alguien sobre el asunto, de hacerlo nos regresarían a ese punto negro olvidado y nuestro sueño de llegar a los aros se perdería por siempre.
“Fue un día en que Sasha no regresó de un paseo con ellos cuando de mi cuenta de nuestra cruel realidad. ¿Sabes? Existen muchas formas de explotación con personas, la trata no tiene que ver solamente con la prostitución o la venta de mujeres, hombres o niños; es un negocio de explotación con los sueños. Un intercambio entre el cielo y el infierno.
“Conforme íban despertando de esa fantasía, se las llevaban en un viaje del que nunca regresarían, otras más llegaban a tomar su lugar con falsas expectativas. Nunca tuve el valor para poder decir algo, así que continué corriendo hasta que mi rendimiento bajó; aún somos personas a pesar de la explotación y por tal la depresión también nos llega. Veintidós años, en un mes cumpliría veintitrés.

Me quedé helada en el lugar donde había elegido para dejar mi cuerpo descansar mientras mis oídos escuchaban atentos. ¿Cuántas historias no habrán de este estilo, frente a nuestros ojos, y no somos capaces ni siquiera de imaginarlo? A simple sonido podía ser una historia que no causara conmoción, pero si uno escuchaba detenidamente cada nota se daría cuenta de las forzadas agudas o los obligatorios graves que tenían que estar tocándose una y otra vez sin descanso.

—¿Ellos te hicieron esto? —al fin tuve el valor de preguntar.
—Fue durante una carrera, tropecé con la basura de otro corredor al iniciar los tres minutos. Me sacaron en camilla después de unos cuantos pisotones y empujones. Él estaba muy enojado, lo podía ver en su mirada, esperó hasta que estuvimos de vuelta en la casa cuando me llevó al sótano. El cuerpo de Crista estaba sobre el colchón con los ojos abiertos y ausente, desnuda, llena de piquetes y el vientre ensangrentado. El horror hacía de mi vida una película para quien tuviera el cinismo de tomarlo como diversión. Sus puños y sus patadas terminaron de romper el tobillo y lo que quedaba de mi persona, sacó un arma con la firme intensión de dispararla.
“Alguien le gritó en el piso de arriba, “tendrás que esperar” me dijo macabro y partió dejándome sola con el cadáver de mi última compañera de cuarto. Pasó el resto del día y por la noche salí corriendo de ese lugar maldito, corrí como nunca lo había hecho, ni aún en sus chistes, corrí por mi vida.
—Debemos denunciarlos y…
—No.
—¿Cómo puedes decir que no? ¡Algo tenemos que hacer!

Ella observó la furia que llenaba mi cuerpo, yo veía el dolor en que se había convertido, era un pecado viviente por vender sus sueños al mejor postor. “Por favor, te lo suplico”, volvió a implorarme, yo me negué y me negué y me negué hasta que no hubo pretextos inventados o por inventar que yo pudiera usar. “Nadie lo sabrá, solo…”; sé que dijo algo más pero las palabras se las comenzó a llevar el viento; lloré con ella, vi la laguna de su alma quemada por el infierno de su vida, no tuve otra alternativa, jalé el gatillo.

 
Es curioso como los simuladores de los videojuegos con armas ayudan en estos casos, el disparo fue limpio, certero y sobre todo, determinante.