"El amor es el sendero, la esperanza y el impulso... la fe, mi voluntad".

Zhely Alceda... ♥

Ave María Purísima.


—Ave María Purísima.
—Sin pecado concebida.
—Dime hija, ¿qué puedo hacer por ti?
—Padre, vengo suplicando el perdón de todos los Santos en el cielo y el de nuestro Señor. Hace días que vivo dentro de una agonía, vivo el infierno en carne propia.
—Tranquila hija, dime qué es lo que pasa.
—Ayúdeme por favor, padre. ¡Ayúdeme! Una terrible maldición ha caído.
—Si no me dices, hija, de qué se trata no podré ayudarte.
—Todo inició unas semanas atrás, cuando perdí mi trabajo…
“Yo trabajaba para una empresa importante, Suplex Sim; esa que todo el mundo conoce. No era nada importante, tan solo limpiaba los pisos y las oficinas.
—Hija, esto es un confesionario y…
—Se lo suplico, ya no sé donde acudir. Es mi última esperanza, padre.
—Limpia tus lágrimas; qué pasó en esa empresa.
—Gracias, gracias, verá que Dios le pagará. Bueno, como le decía…

Llevaba en esa empresa diez años, por falta de estudios nunca pude conseguir un trabajo diferente, me cuesta leer y aún más escribir. Desde muy chica quedé embarazada del novio que tenía en ese entonces, mi papá me corrió del pueblo y Pedro tuvo que venirse para la Capital a trabajar para poder tener a nuestro hijo, poco antes de nacer Benito llegué aquí mismo. Cuando nació, la pasamos difícil, no fue un parto natural y pues entre las vecinas del lugar, que también venían de otros pueblos de más lejos, ayudaron a que mi niño naciera. Lo que le pagaban a Pedro en ese entonces poco nos alcanzaba para la leche y el resto de los alimentos, el niño nunca quiso pecho, pero con el favor de Dios pudimos salir adelante.

Otros cuatro niños vinieron después de Benito, Juanita y Tatis son los que sobrevivieron, los otros los perdí a los pocos días de llegados a este mundo. No alcazaba para ese entonces la plata así que tuve que salir a buscar trabajo, en pocos lugares me recibían pues tenía que cargar con los chamacos, no tenía quien me los cuidara. Fuimos a las organizaciones del gobierno que según decían ayudar a la gente como nosotros, pero pedían papeles que la verdad, en mi pueblo, pues ni se sabe qué es eso. Cuando nacía un niño se registraba sobre un libro, el chamán era quien lo hacía pues era el que escribía; no había credenciales ni nada por el estilo, todos nos conocíamos y por tanto no era necesario; cuando llegamos aquí solo traíamos algo de ropa, para unos tres días, no más.

La cosa no mejoró hasta mucho tiempo después, cuando vendía chicles en la esquina de Reforma, ya sabe, allá donde está el mero ángel grandote. Un día llegó un señor, con traje y toda la cosa, y pues se interesó por nosotros y pues por nuestra forma de vida. Lo llevamos al barrio en el que vivíamos, y se le vio raro. Pedro trabajaba en la Central y casi nunca estaba, así que este señor me ofreció un empleo en su empresa, me dijo que todo estaría mucho mejor y que podría llevar a los niños a la guardería y a la escuela de cerca. En un principio pensé que era un loco, alguien que quería robarse a mis hijos, pero de tanto insistir terminé por hacerle caso, ¡y las cosas cambiaron!

Digo, no es que nos hiciéramos ricos ni nada por el estilo, para eso se necesita mucho dinero; al menos la comida ya nos alcanzaba, Benito, Juanita y Tatis comenzaron a estudiar en la escuela, y pues por ellos fue que aprendí un poco a leer y me enseñaban a escribir. El señor que me había dado el empleo siempre se portó muy amable con nosotros, a veces nos regalaba frijoles o arroz, otras era aceite o lo que el pudiera pues.

—¿Qué te pasa hija, por qué no continúas?
—Hay padrecito, he pecado ¡he pecado!
—Hija, entre lamentos y gritos no podremos hacer nada. Ven vamos a la Sacristía, ahí estaremos más cómodos y podrás tomarte un té para calmar los nervios.
—Pero, padre, ¿no se rompe el pacto de confesión?
—No, estaremos bien; anda, vamos.

—Continúa.
—Gracias por el té, padre.

En casa pues éramos pobres,  digo aún lo somos, así que tuvimos que irnos a vivir a otra parte, encontramos una vecindad; todos muy buena gente, con niños casi de la misma edad así que entre todos nos ayudábamos con los escuincles o lo que surgiera, digo, si alguien tenía algún problema y así. Pedro desde entonces cambió, llegaba todo sucio y a altas horas de las madrugadas, siempre oliendo raro. Fue de mal en peor hasta que llegaba ebrio con la botella en mano, los golpes comenzaron a surgir. ¡Hay padre!, hubiera visto, todo se lo gastaba en esa cosa y pues yo tenía que tratar de comprar la comida pero luego él lo tomaba y se lo gastaba, cuando no teníamos para la comida se enojaba y comenzaba a golpearme; primero fue con un cinto con el que se ataba los pantalones, después ya era cualquier cosa, hasta sus puños. Yo no decía nada pues porque se supone que no debo hacerlo, es lo que nos enseñan nuestras madres y abuelas y las abuelas. Eso fue al principio, después ya se desquitaba con los niños, sobre todo con Juanita.

¡Dios! Pobre de mi Juanita, la escuchaba gritar en el otro cuarto, a veces se vomitaba en él y le iba peor pues tenía que limpiarlo de tal forma en que no puedo decirlo ni en voz alta; cuando me obligaba a verlo podía hacer nada, si lo intentaba tomaba, al terminar, las colillas de los cigarros que dejaba prendidos apropósito y comenzaba a esparcirlos por mi cuerpo, me ataba de las manos y las piernas, me quemaba hasta que amanecía y entonces él se quedaba dormido.

—Pero, hija, tú no tienes culpa de nada. No se le puede culpar a la ignorancia, eso no es estar maldito. ¿No buscaste ayuda?

Los viernes era mi día de descanso del trabajo y ese día iba con mis bebés al parque que había en la cuadra para que ellos jugaran y se pudieran distraer un rato. Una tarde, cuando ya íbamos de regreso, mi Juanita se perdió. No supe nada de ella, la busqué por toda la colonia, grité hasta que la garganta se me cerró, busqué en los juegos, en las tiendas, debajo de los automóviles, pero nada; no hubo rastro de ella. Yo estaba desesperada, dejé a  Benito y a Tatis con unos vecinos y me dirigí a la delegación para poder levantar la denuncia. No me hicieron caso, no quisieron creer mi historia y me dijeron que tenía que irme sino me detendrían.

¡Ay! ¡Padre! No sabe lo que es perder un hijo, es sentir que le arrancan a uno el corazón en carne viva y la piel se quema sin poder hacer algo para evitar el dolor. Llegué a mi casa y saqué un cuchillo, quería enterrarlo lo más profundo para poder calmar el lamento del alma. Arrancaron a mi hija de mi lado, la pequeña tan solo de ocho años había desaparecido. Pedro me castigó desde que llegó y todo el día siguiente; yo deseaba que lo hiciera. Una madre no debe perder a los hijos, yo pedía que el infierno se transformara en mi estilo de vida como penitencia por la irresponsabilidad a la que había llegado. Benito y Tatis seguían con Doña Tilde, nunca me dijo nada ni me reclamó nada; ella solo  me ayudó desde el silencio.

Tardé unos días en estar algo bien, aunque cuando se pierde un hijo nunca se está bien. Llegué al trabajo y el Licenciado había dejado dicho que en cuanto apareciese me llevaran a su oficina; así lo hicieron. Con el pasar de los años, ese que me había ayudado logró subir en la empresa, yo lo sabía pues su auto era otro y su oficina estaba en el piso más alto. Yo nunca había entrado, no se me estaba permitido. Cuando entré a la oficina pidió que tomara asiento en una de las sillas frente a su escritorio, tenía debajo de sus manos un sobre blanco. Comenzó preguntando cosas del trabajo, ahora no recuerdo muy bien todo lo que decía hasta que llegó la pregunta clave <<¿por qué no se presentó a trabajar estos días?>> Yo le expliqué entre llantos lo que le había ocurrido a mi Juanita con la esperanza de que comprendiera mi situación y hasta pudiera ayudarme, después de todo ya lo había hecho una vez. La única respuesta que recibí fue: lo sentimos, ha dado un buen servicio para esta empresa pero desafortunadamente nos encontramos en tiempos difíciles; en este sobre encontrará lo correspondiente y un poco más. Los guardias la acompañarán.

Quise gritar y golpear a todos los que se me pusieran en mi camino pero no hice nada. Caminé en medio de los guardias que me dejaron dos cuadras lejos de la compañía. No supe que hacer y solo se me ocurrió regresar a casa, recogí a mis hijos del colegio y calenté algo para la comida. Mientras la sopa estaba lista, Benito se puso a ver la tele, a esa hora lo único que lograba captar la señal completa era el noticiero; normalmente no ponía atención a lo que los documentales decían, pero ese día… esa tarde.

El tiempo se detuvo, la presión comenzó a taladrar dentro de en mi cabeza, sentí un martilleo que acrecentaba la hinchazón del cerebro, el mundo se había vuelto loco y yo con él. A lo lejos las palabras iban entrando en mis venas, cada letra se impregnaba dentro de mi propia sangre. La huelga del escritor por la muerte de su hijo, la actriz que acababa de sufrir un asalto en su lujosa limosina, los políticos que hacían campaña con mentiras, el cantante con su gran misa, todos le lloraban, el mundo estaba de luto. El mundo sabía y mostraba su compasión a quien su vida tenía detrás de la tele, pero era indiferente a quien vivía  a su lado.

Yo no se qué me pasó, Padre. Entré en otro lugar, no parecía ser el mismo planeta en el que yo había crecido. Tenía en mis manos el cuchillo con el que picaba la cebolla, lo miré por unos momentos antes de ver a mis hijos, debía salvarlos, era mi responsabilidad; debía evitarles todo el dolor que les deparaba el futuro. Todo transcurrió muy rápido, casi en silencio… Acomodé a Benito y Tatis en sus camas, prendí una veladora para que sus espíritus pudieran llegar al cielo, como los ángeles que ahora eran.

—Pero, hija, ¿qué es lo que has hecho?
—Yo pedí morirme, debe creerme. ¡No me vea de esa forma! No soy asesina, ¡NO SOY ASESINA!
—Tranquilízate, debes calmarte; haré todo lo que me pidas pero por favor, baja eso.
—¿Me dará lo que quiero? Yo quiero el perdón, es lo único que busco.
—De acuerdo, si bajas eso podré acercarme y te daré la absolución.
—¡No! Ese día, mi mente se partió en dos; la más débil ha venido a buscarlo intentando confesar lo ocurrido.
—¿La más débil?
—Pero yo soy más fuerte, no puedo permitir que sepan la verdad. No es necesario que diga nada solo comience a rezar.


 * * * * *


Los policías quedaron callados más rato después de que la grabación terminara. Se vieron a la cara antes de que alguno de los dos pudiera decir algo.
—¿Dices que hablaron diciendo dando la localización de este sobre? —no se explicaba lo que acaban de escuchar.
—Sí. Dijeron que era un mensaje para usted, que comprendería —al ver que su compañero parecía no ver de donde venía todo eso sacó otro papel del sobre—; dentro también venía esta carta —vio el papel que su compañero le tendía, no tuvo más remedio que tomarla y leerla:

“Con siete millones de habitantes en el mundo y la indiferencia como amuleto, la mala suerte siempre estará presente viendo nacer la maldad en la semilla del bien”.