"El amor es el sendero, la esperanza y el impulso... la fe, mi voluntad".

Zhely Alceda... ♥

Los zombies de nuestro siglo.


Cruzaba la calle con una pesadez que sólo el pavimento era capaz de soportar. La grande avenida se abría a sus lados impotente lleno de automóviles, no importaba si iban o venían, no sentía ganas de correr ¿a dónde iría?

La sombra en el suelo era su mejor compañera, era la única que siempre estaba con ella; aún en la oscuridad de la noche podía sentirla pegada a ella, se extendía y la abrazaba para consolar la negrura de sus lamentos. Estaba triste, toda su vida se había caído por el caño recorriendo el camino de las aguas negras, la mierda y los desechos —yo misma soy un basurero —a veces se repetía con mucha tristeza en lágrimas.

Caminaba entre calles y avenidas, callejones y puentes. Las personas le daban la vuelta al observarla, en ocasiones los niños gritaban creyendo que una película de terror se hacía verídica frente a ellos. Ella no hacía caso y con su lento caminar continuaba marcando y chorreando gotas de un líquido entre blanco y rojizo.

Se había escapado del hospital —SIDA —le habían dicho los doctores tiempo atrás— “terminal” —era la última palabra que recordaba de tan sólo unos días.

¿Su familia? Ellos intentaron durante algunos años cargar con esta situación, hubo el apoyo que uno espera por parte de los padres y hermanos pero al parecer la fuente del hogar tiene un fondo de agua muy ajustado ya que ahora no sabía nada de ellos; ya había aceptado esa realidad pues creía que era mejor, su hermana tenía derecho a vivir su adolescencia sin que sus amigos le privaran de su compañía por miedo a contagiarse al respirar el mismo aire. Sus padres tenían el derecho de ser exitosos, hacer sus carreras y desarrollarse sin preocuparse por las frecuentes citas de hospital, tratamientos caros o algún acontecimiento que surgiera a causa de la enfermedad. Sus amigos la habían abandonado desde que el papel salía impreso con el VIH POSITIVO… su mundo se reducía de 12.756 Km de diámetro en el Ecuador hasta un metro de diámetro en su espacio vital permisible, después se extendió unos tres o cuatro metros alrededor según el peligro que las personas al pasar juzgaran. No está de más comentarles que su trabajo lo había perdido, trabajaba en una de las mejores oficinas dedicadas al estudio de la mercadotecnia en puntos de venta, tenía un futuro brillante; lamentablemente la inteligencia no gana a una “S” antes de una “I” junto a una “D” terminando en “A”; asuntos de higiene fue el pretexto y una gran suma de ceros en ese cheque gris frío.
               
El motivo por el cual fue que llegó a ese día en que su sentencia se había dictado sin sutileza (¿el papel sabe de sutileza cuando de noticias se trata?) carece de relevancia; podría mentirles y decirles que se contagió en algún lugar al intentar agujerar sus oídos y poder lucir unos hermosos aretes en sus orejas, o podría decir la verdad, decir que su ex esposo evitó darle la noticia durante su año de matrimonio. Dicen que todos los caminos conducen a Roma, y no se equivocan, sea cual sea el origen ella tendría el mismo destino.

Esta última temporada, ella, estuvo viviendo casi en el hospital, sólo faltaba ser internada. Intentó vivir al máximo de acuerdo a lo que su condición le permitía, en ese entonces no era tan notorio. Intentó unirse a varias organizaciones, no por falta de dinero, sino a falta de alguien a su lado. No duró más de tres semanas la única y última vez. El ver la realidad día a día desde que sale el sol hasta que se oculta es como un mal chiste de la vida; ver tu futuro y saber con anterioridad la agonía que vivirás no era la magia que esperaba cuando de niña se imaginaba frente a una gitana leyéndole los días venideros. Sus amigos-compañeros eran visitados con menos frecuencia, la tristeza rondaba en el lugar por mucho que los payasos intentaran traer a la alegría. Decidió regresar a su casa, un pequeño departamento en algún punto perdido de la Ciudad. Sólo salía lo necesario. Poco a poco se fue aislando hasta de ella misma, no sabía de días en el calendario, los espejos aparecieron una madrugada junto al montón de cristales en la calle listos para el camión recoge porquerías.

Pese a lo que dicen las estadísticas, ella seguía refugiada en su casa, platicando con su cuerpo, sintiendo como este iba cambiando y transformando cada célula en algo maligno, en algo inservible. Parecía como si su piel poco a poco fuera cambiando de color, de textura. La elasticidad desaparecía de su propio diccionario y ninguna crema contra la piel seca era capaz de evitar que esta se quebrara con un suave roce del viento.

Entró a una época de intolerancia, los médicos no podían con su agresividad. Nunca comprendieron que ella sólo quería respuestas, ¿qué está pagando? ¿Por qué la vida la castiga de esta manera? ¿Por qué ella? ¿Cuándo tendrán la cura? ¿Cómo es que ese cuerpo al que tanto quiso ahora, lentamente, la estaba matando? Los experimentos que hicieron con los diferentes tratamientos sólo empeoró su estado mental, sentirse un ratón de laboratorio inservible no era la mejor opción para respirar. En ese entonces, llegó a probar varias filosofías que la mantuvieran estable, calma y tranquila; pasó del budismo al yoga terminando en los antepasados místicos donde las plantas lo curaban todo entre plegarías, ritos, saltos, inciensos, mirra y sacrificios. Nada funcionó —la naturaleza no cura lo artificial, la creación del hombre sale de los límites del alma del mundo, —le habían dicho al momento de despedirla, incluyendo un “lo lamento” en el acento.

Después de una larga cadena de números y meses llegó al destino que le tocaba; estuvo internada por casi cuatro días conectada a tubos transparentes, un aparato copiando el latido de su corazón (¡increíble!, sí tiene corazón), otro más que dibujaba rayitas horizontales. Sus ojos se encontraban cerrados la mayor parte del tiempo, los medicamentos se habían encargado de que no sintiera nada… literal: no sentía dolor, ni tristeza, ni llanto, ni melancolía, ni miedo, ni alegría, ni vacío, ni ausencia, ni compañía, ni luz…, nada. Sólo era una fea carne sobre unas sábanas blancas que había que cambiar cada 6 horas para quitar las manchas que su cuerpo ocasionaba.

Una noche, con la torpeza en al que ahora se hallaba atrapada, se desconectó y salió caminando del hospital, era tan poca cosa que los doctores no la notaron en ningún momento. Desde entonces camina con paso forzado entre el cemento hasta que encontró una banca de frío metal, un niño corrió espantado dejando su libreta y sus plumones a su lado –a mí lado.

Decidí escribir sin saber qué lograría con ello; supongo que tal vez la ausencia de palabras verbales explota en este momento con estas líneas. Llevo casi toda la tarde escribiendo, los músculos dejan de responderme y sangran al leve movimiento de los dedos, tuve que repetir varias veces los párrafos arrancando las hojas (aún ahora, a pesar de lo que me he convertido, sigo siendo meticulosa). ¿En lo que me he convertido? Sí, creo que esa es una buena… La duda saltó después de escribir esta frase, fue al coche cercano que se encontraba estacionado no muy lejos de la banqueta (después de un par de pasos me arrepentí), observé a la criatura que se mostraba en el reflejo del cristal: un zombie. La idea me dio gracia. ¿Qué acaso los zombies no eran muertos vivientes? Y acaso, ¿no era yo precisamente eso: un muerto viviente? Bueno, ya no lo sería por mucho tiempo.

Creí que tal vez sucedería algún milagro, que sería de esas personas que pueden vivir toda una vida larga llena de velitas en el pastel a pesar de la enfermedad; pero nunca tuve suerte, ni aún para las promociones en galletas o papas. De cualquier modo, podría seguir desando muchas cosas, lo cierto es que hoy estoy aquí, en esta realidad, en la que se superó a la ficción…




Lo sé, estas palabras causan conmoción. Encontramos a la persona a las 4:01 horas de la mañana, las fotografías por sí mismas son una grosería de lo que puede llegar a ser verdad, el cuerpo estaba casi por completo en carne viva (no soy capaz de describírtelo).

Junto al cuerpo se hallaban un montón de hojas tiradas por todos lados, una libreta y una pluma. Debo reconocer que no suelo ser muy curiosa, tú sabes, por el trabajo, pero esto llamó mucho mi atención y entonces comencé a leerla. Sin palabras. Eso es todo lo que puedo decir.

Guardé la hoja en algún momento en que nadie me observaba y continuamos con el procedimiento normal: levantar el cuerpo, meterlo dentro de la bolsa, de ahí a la morgue municipal; en fin, tú sabes. Esta persona no traía consigo más que una bata de hospital, haciendo algunas averiguaciones di al fin con sus datos. Se había escapado del Hospital General, era una interna por enfermedad terminal de VIH (hasta el momento nadie sabe como fue que salió sin que ningún enfermero se constatara de ello, el acta por negligencia ya fue levantada), mujer de 35 años recién cumplidos. Aún estamos corroborando la dirección  y nombre para poder notificar a la familia.

Pero, te hago llegar esta carta, sin ningún motivo en particular. Llegando a la oficina central (antes de terminar mi turno) volví a leerla, de cierto modo sentí que debías tenerla, tal vez puedas darle alguna utilidad.

La conciencia en la que ahora vivimos se me ha abierto por completo, los seres humanos nos hemos convertido en criaturas que sólo buscan la magnificencia dentro del poder y el control; en vez de disfrutar nuestra propia naturaleza como parte de este mundo, nos creemos dueños de cada espacio y centímetro, las grandes guerras comienzan en un litro de petróleo o un milímetro de frontera. Tal vez sea extraño, ahora me pongo a pensar en varias cosas. En libros que he leído donde marcan al futuro como un venidero lleno de asombrosos descubrimientos científicos. Materia, no somos más que materia creando más materia.

John, las palabras hablan por sí solas.
Bety.



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      Querido lector,


                Después de haber repasado estas palabras aprovecho este espacio (mi columna) para poder mostrar que más allá de la ciencia ficción, estamos creando en este momento una vida llena de horrores y pesadumbre. ¿Por cuánto tiempo más seguiremos decayendo?

                Tal vez el título del día te cause burla o asco “Los zombies de nuestro siglo”; pero tras ver una foto de la protagonista y su propia conclusión al creerse un muerto viviente no se me ha ocurrido otro.

                Juzgando y etiquetando es que hacemos reales lo que muchos hombres sólo creyeron posible en la imaginación; no nos damos cuenta que entre más señalamos damos pie a que los horrores se materialicen. Bárbara (que es el nombre de la persona fallecida a causa del SIDA) pudo ser un ser humano con calidad de vida decente, el dinero no fue problema, ella contaba con eso; sólo buscaba un poco de compañía. El perro se siente perro porque lo tratas como perro, ¿cuándo será entonces que nos tratemos como personas?

                No tengo nada más que agregar. Estas letras quedarán plasmadas en el diario de la Ciudad intentando llamar la atención de ustedes (nosotros) invitándonos a ser más corazón y menos mente, que los sentimientos sean los que guíen nuestras acciones y no nuestras reacciones.

                Al pensar en mi carrera como periodista, jamás imaginé que una carta como esta llegara a mis manos. Un zombie de nuestro siglo es la pauta que puede quitar la venda de los ojos, lo que vemos no es de nuestro agrado, pero aceptarlo es el primer y más importante paso que podemos dar hacia el cambio y la evolución. Tener el valor de enfrentar las cosas con paso firme, es la responsabilidad que tenemos. Seamos responsables, hagamos nuestra parte hoy, para que mañana no sean las pesadillas las que habiten las calles, sino los sueños que nos permitan volar hasta Marte.


                                                                                                                                             John Lenux
                                                                                                                                             Periodista.